
Si hicieramos una lista de las cosas que más teme una congregación, sin duda que uno de los primeros lugares lo ocuparía la división. Es por eso que tememos tanto a los conflictos, pues vemos tras de ellos el terrible fantasma de la división.
Nos asustan tanto, que podemos caer en cualquiera de estas posiciones:
1- Ignorarlo (nos negamos a reconocer que hay un problema).
2- Reconocemos que existe pero evitamos enfrentarlo (creyendo que se solucionará solo, sin que nosotros tengamos que hacer nada. O bien esperamos que otros lo hagan,pues no queremos complicarnos, ni perder nuestra comodidad).
3- Violencia (ya sea verbal o física; ya que hay intereses de por medio que -al chocar- provocan inestabilidad y emociones fuertes. Y así nos convertimos en parte activa del problema).
Las Iglesias se dividen, no a causa de la crisis en sí, sino por la respuesta a ella. No en vano, una de las definiciones que da el diccionario de la Real Academia de la Lengua para crisis dice: Cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente.
Fué por eso, que recientemente, la iglesia donde me congrego nos enseñó -como parte de un curso sobre liderazgo- cómo enfrentar las inevitables crisis; y convertirlas en un camino hacia el crecimiento y la unidad congregacional. Al final, hicimos una práctica que nos permitió ver cuánto habíamos entendido; pero sobre todo, experimentar cómo una congregación puede polarizarse o unificarse; dependiendo del manejo de la situación.
Para el ejercicio, éramos una iglesia interdenominacional independiente (que se había formado por personas que venían de diversas denominaciones (bautistas, presbiterianos, anglicanos; así como de diferentes denominaciones pentecostales). Por cinco años habíamos vivido en paz. Unidos por las cosas que -como creyentes- teníamos en común, sin permitir que los pocos puntos en que teníamos diferencias doctrinales nos alejaran.
Pero, una diferencia relativa a la compra de un terreno para el templo, sacó a flote una serie de desaveniencias que se venían arrastrando y habían llevado a la formación de dos grupos en conflicto. Las desaveniencias venían -desde las más intrascendentes como de qué color pintar el nuevo Templo, hasta llegar a temas más delicados que la nueva ubicación de la Iglesia; pues eran temas doctrinales: ¿Se permitiría el hablar en lenguas y ordenar mujeres?.
La primera negociación fué un fracaso, pues contrario a lo que nos habían enseñado de que una negociación en que las parte llegan con el deseo de ganar (imponer sus posiciones) ya fracasó; llegamos como dos contrincantes en el ring. Y constantemente hacíamos referencia a la frase: esto es lo que "nosotros" queremos, pues nuestra meta u objetivo era tener la razón en todo.
En la segunda negociación quisimos ser más espirituales y ambos grupos cedimos (sin ningún análisis serio del porqué) en todo aquello que considerábamos menos importante. Simplemente queríamos salir del problema cuanto antes; aunque en el fondo, no estubiéramos de acuerdo con las decisiones que -supuestamente- pondrían fin a las diferencias.
Pronto, el maestro nos recordó, que habíamos cometido otro error a evitar en una negociación: llegar con el deseo de no complicarse. Estábamos cediendo sin un análisis serio del porqué o para qué habíamos querido aquello inicialmente; ni habíamos desarrollado ninguna convicción de por qué el cambiar nuestra postura era la mejor decisión. Por lo tanto -tarde o temprano- el problema volvería a resurgir; pues nadie estaba realmente convencido de que los acuerdos tomados eran los más convenientes.
Y habían muchos errores más. Tantos, que el maestro nos pidió volver a comenzar las negociaciones desde cero. Pero esta vez teníamos una ventaja: las líderes de cada grupo en contienda analizamos con calma los errores que habíamos cometido. Y nos preguntamos con seriedad cuál era nuestra meta.
Lo primero que establecimos el siguiente domingo, fué cuál era nuestro objetivo: ¿imponer gustos y preferencias personales, o buscar lo mejor para la congregación y que glorificara a Dios?
Desde ese momento, se le quitó presión al conflicto. Porque ni el más carnal reconocería en público que su objetivo era imponer sus caprichos. Es más, dejamos de ser dos grupos separados por una contienda. Esto provocó que, las que antes habíamos sido las "líderes" de cada fracción, comenzamos a trabajar juntas. No porque nos lo hubiéramos propuesto anticipadamente, sino porque estábamos convencidas que ya no se trataba de tu grupo y el mío; sino de buscar las mejores alternativas y soluciones para todos.
Por eso, todos los presentes aprobamos que las decisiones se tomarían por consenso. Pues, aunque una votación por mayoría simple podría hacernos avanzar rápidamente en la toma de acuerdos, los que perdieran podrían irse resentidos de la iglesia. Y esta ya no era una opción para nosotros. Por el contrario, la búsqueda del consenso nos llevaría a dialogar con profundidad y seriedad sobre los porqué y para qué; las ventajas y desventajas.
Al hacerlo, comprobamos la importancia de que toda la congregación tenga toda la información posible. Entre más nos informábamos, podíamos evaluar mejor las consecuencias a corto, mediano y largo plazo. Incluso, nuevos datos nos hacían darnos cuenta que -por desconocimiento profundo del tema- habíamos estado apoyando cosas que no eran lo mejor para la congregación.
Incluso, en los temas doctrinales, tuvimos que hacer un análisis serio de los versículos en que cada grupo apoyaba su posición. Para ello, tuvimos que investigar qué enseñaban otras denominaciones sobre esos temas; pues, según el ejercicio, en la congregación que estábamos representando habían todas esas posturas. Aunque todos los presentes somos pentecostales, llegamos a las preguntas claves: ¿Haríamos lo mismo que la iglesia interdenominacional original, que se dividió a causa de los dones y actualmente es exclusivamente pentecostal? ¿O hayaríamos una forma de respetarnos mutuamente, sin obligarnos a aceptar cosas con las que doctrinalmente no estábamos de acuerdo? Se nos ocurrieron varias opciones que, de ser real la situación, podrían habernos permitido convivir en paz y unidad; anteponiendo sobre todo el amor (que según 1ª Co. 13:8 nunca deja de ser; mientras que los dones un día se acabarán). Aunque no lográramos ponernos de acuerdo qué significa cuando venga lo perfecto (que es cuando se acabarán las lenguas), el amor nos permitiría estar juntos en armonía y respeto mutuo.
Aunque las desiciones que tomamos fueron solo para una práctica, aprendimos a tomarlas con responsabilidad. Pero sobre todo, cumpliendo lo que Dios nos ordena a través de sus escrituras:
Flp 2:1-4: Por tanto, si sienten algún estímulo en su unión con Cristo, algún consuelo en su amor, algún compañerismo en el Espíritu, algún afecto entrañable, llénenme de alegría teniendo un mismo parecer, un mismo amor, unidos en alma y pensamiento. No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás.
Rom 12:16 Vivan en armonía los unos con los otros. No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes.* No se crean los únicos que saben.
1Co 10:24 Que nadie busque sus propios intereses sino los del prójimo.
(Versículos tomados de la Nueva Versión Internacional (NVI).
Como el maestro nos dijo, no existe una solución única para una crisis. La clave está en que todas las partes estén satisfechas con los acuerdos. Pero el verdadero objetivo es agradar a Dios mientras protejemos, amamos y ayudamos a consolidar al cuerpo de Cristo. Esto nos lleva a plantearnos una pregunta vital en cualquier crisis o conflicto que amenaze a la Iglesia: ¿Cómo debe comportarse una persona que tiene este objetivo en mente? De nuestra respuesta dependerá el que ayudemos a convertir una situación explosiva, en la semilla de la unidad.