sábado, 13 de octubre de 2012
Ser Mujer
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viernes, 12 de octubre de 2012
Señor, al Fin Entendí
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jueves, 11 de octubre de 2012
De Ruth a Noemí
En mi caso: en un solo instante perdí no solo a mi esposo... también perdí mi casa (pues ya no era seguro regresar a ella (incluso la mayor parte de nuestras pertenencias quedaron allí por dos años pues no era seguro enviar a alguien a sacarlas), perdí mis amigos, el ministerio con los niños que tanto amaba), no tenía entradas económicas, mucha gente me acusaba de ser la causante de la desgracia pues -por haber estado tan empecinada que estábamos haciendo la voluntad de Dios en nuestro vecindario- que no me importaban las amenazas a muerte que, por más de un año enfrentamos de parte de quienes querían apoderarse del vecindario para instaurar un reino de maldad y muerte. Pero luego de su muerte, mi hijo y yo tuvimos que empezar a escondernos. Para colmo, nos dimos cuenta que los asesinos ya nos tenían ubicados (pues se presentaban frente a nosotros). Hasta que las mismas autoridades policiales me dijeron que debía romper con todo: familiares, amigos e iglesia (por mi seguridad y la de ellos, ni siquiera debían saber adonde nos cambiaríamos. Y que nunca más debía volver a mencionar quién había sido mi esposo, ni siquiera hablar de mi vida pasada, para que no volvieran a ubicarme).
El dolor era terrible, pero lo más duro era no poder desahogarme hablando con otros. Todo eso me hundió en un pozo no solo de dolor sino también de dudas; especialmente por el silencio de Dios. Este último era lo más terrible pues no tenía ni su consuelo. Tal parecía que Dios me había abandonado como si yo no le importara ya nada. Otra cosa que hacía que todo fuera duro era el no entender los propósitos de Dios al haber permitido tanto caos junto.
Pasaron más de dos años antes que yo pudiera entender la manera en que Dios seguía haciendo un camino en medio del silencio y la oscuridad...
Si las cosas no hubieran sido como fueron, ahora no sería solicitante de refugio humanitario en otro país. Si mi esposo no hubiera sido asesinado en las circunstancias en que lo fue y sin todas las otras consecuencias que vinieron junto a esto, nunca hubiera tenido que abandonar mi país, ni a todo lo que me era querido.
Aún no se exactamente cuál es el propósito de Dios -a largo plazo para mi vida- pero si se que ya no es en mi país de origen. Ahora he comenzado una nueva vida, bajo su cuidado. Pero la sanidad no fue fácil, ni instantánea.
Recuerdo que, llegó un momento en que comprendí que la única forma de vencer realmente el dolor no era fingir que no existía, ni sobre espiritualizar algo que pertenecía al área emocional. Vivir un duelo es doloroso, pero es peor quedar atrapados en este. Dios usó a una sicóloga como instrumento para ayudarme a atravesar el duelo. A medida que el dolor sanaba, mi relación con Dios también lo hacía.
Ahora, estoy descubriendo que una de los propósitos de Dios es relacionarse conmigo de una forma diferente, pero más profunda; y sobre eso estaré compartiendo con ustedes. Y de cómo hoy se cumple lo que que yo misma había escrito en la entrada anterior a esta: de como el fuego nos convierte en una puré de papas para que podamos ser moldeables en las manos de Dios, pero también para fundirnos con otros. En mi caso, ahora que conozco el dolor de perder humanamente todo lo que nos es amado y apreciado, pero que también he comprobado cómo Dios va restaurando mi vida, puedo -con mi testimonio- consolar a otros con el mismo consuelo que yo recibo de Dios y de quienes son instrumentos en sus manos para bendecirme.
Que Dios les bendiga
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lunes, 22 de marzo de 2010
¡Señor, Hazme una Papa!

Cuando era jovencita, leí la siguiente historia: una pareja de misioneros acababan de perder a su bebé... Uno de los ancianos de la tribu en la que habían estado evangelizando, se acercó a la madre y le dijo: los problemas de la vida se parecen a una olla con agua hirviendo. Y ante ella, nosotros podemos ser como un huevo o como una papa. A más calor y tiempo, el huevo se endurece; pero la papa, se ablanda. Este dolor te puede endurecer contra Dios o te puede volver más sensible a El...
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martes, 16 de marzo de 2010
Paz en Medio de la Tormenta:
Hace 15 día mi esposo fué asesinado en una forma cruel y salvaje por hombres que le atacaron mientras se dirigía hacia su trabajo. No le robaron nada, pero usaron un machete o un corvo para causarle el mayor sufrimiento posible. Fué tanta la barbarie usada que solo unos endemoniados pudieron sentir placer en tanta maldad.
Solo Dios nos ha dado paz a mi hijo y a mí en medio de esta tormenta... esa paz que sobrepasa todo entendimiento. Sí, hay tristeza, pero no es un dolor que destruye, ni que me haga decir como Noemí: Llámenme Mara, porque el *Todopoderoso ha colmado mi vida de amargura. "Me fui con las manos llenas, pero el Señor me ha hecho volver sin nada. ¿Por qué me llaman Noemí si me ha afligido el Señor, si me ha hecho desdichada el Todopoderoso? (Rut 1:20-21. Nueva Versión Internacional). (Mientras Noemí significa Placentera o Dulce; Mara significa Amarga). Aún en medio de este valle de sombra y de muerte podemos ver la mano misericordiosa de Dios. No solo sosteniéndonos, sino también por la forma en que venía fortaleciendo nuestra fe desde hacía semanas.
El pastor había comenzado una serie de prédicas sobre el libro de Ruth. Y nos había desafiado a examinar si en verdad creíamos que Dios tiene el control de todo lo que pasa. También a examinar si somos como Noemí (que regresó al pueblo escogido, pero debido a que en su corazón habían heridas que no había permitido que Dios sanara, la amargura le impedía volverse a Dios de corazón. Ella se volvió a una religión pero no a Dios. O somos como Orfa, que cuando se convenció que el volverse a Dios podía significar renunciar a su sueño de volver a casarse, prefirió regresar a su vida anterior. O somos como Ruth, dispuesta a seguir a Dios por amor y fidelidad, aunque eso signifique renunciar a lo que nos es conocido y familiar; y aún a renunciar a nuestros sueños. Noemí, buscaba pan; Orfa un nuevo esposo; Noemí, a Dios. Tres viudas y tres reacciones.
Creemos que Dios tenía el control aún en los momentos en que -en su soberana voluntad- permitió que las cosas pasaran así, y en que aún de esto, El sacará cosas buenas (pues estamos totalmente convencidos de que, como dicen las escrituras: "Sabemos que Dios va preparando todo para el bien de los que le aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo con su plan" (Rom 8:28 Versión Lenguaje Sencillo). Esto nos llena de paz.
Sabemos que se llevó a mi esposo en un momento en que su fe y entrega era plena... El domingo anterior a su muerte, luego de la cena, se levantó y mientras en su cara reflejaba maravilla y felicidad, nos dijo a nuestro hijo y a mí: ¡yo no le tengo miedo la muerte... tengo la plena certeza de con quien me voy: con Cristo... No le tengo miedo a morir!
Y esa certeza de que -aunque ausente en su cuerpo- Jorge está presente ante Jesús, no solo nos da paz, sino también nos alegramos por él. Cuando pensamos dónde está, con quién está y cómo está, no podemos dejar de pensar que está mucho mejor allá. Y sabemos que la separación solo es momentánea, que -como dice un viejo canto- "no es más que un hasta luego, no es más que un breve adiós, muy pronto allá en el cielo, nos reunirá el Señor". Ese es el mayor de los consuelos para nosotros.
Como dijo nuestro pastor durante su prédica en el velorio: "no estamos preparados para vivir, mientras no estamos preparados para morir".
Casi todos mis familiares, amigos y conocidos (aún los cristianos), están aterrorizados de que a Guillermo (mi hijo) y a mí, nos puedan hacer lo mismo los cómplices de los asesinos (a quienes por cierto, aún no los han capturado). No entienden cuando les digo que porqué voy a tenerlo: sé con quien y a donde voy, y también sé que Dios sigue teniendo el control de lo que pasa y que no pueden hacer nada que Dios no permita. Y todo lo que Dios hace tiene un para qué.
Me imagino la plática que satanás debe de haber tenido con Dios: "y cómo no te van a amar, si les has dado una familia feliz... cómo no te van a amar si los has protegido de tantos enemigos, peligros y amenazas a muerte; pero quítales eso y verás cómo reniegan de tí". Si Dios le permitió tocarnos así, es porque -como Job- nuestra fe se fortalezaría al depender de lo que El es y no por lo que recibamos o dejemos de recibir. Sé que Dios cuidó del alma de mi esposo y que cuida de la mía y de mi hijo.
Le pido a Dios que mi perdón para los asesinos y sus cómplices sea total y verdadero. Ayúdenme a orar no por venganza, sino por el arrepentimiento y la conversión de ellos. Sabemos que si ellos lo hacen y creen en Jesús como su Señor y Salvador, se convertirán en nuestros hermanos y sus pecados serán perdonados; pero pidámosle también que si no lo harán, los detenga; para que ya no sigan causando sufrimento a otros; pues nadie se merece esos actos de maldad de los que son capaces.
Ayúdenme también a orar para que pueda entender cuál es la voluntad de Dios para mi vida: si El me quiere llevar a un nuevo lugar para que le sirva allí (pues por el momento, hemos salido de nuestro hogar pues cabe la posibilidad que los asesinos sean personas de nuestro vecindario) o si El quiere que regrese a servirle allá. Donde los demás verán mi testimonio; especialmente mis vecinitos (los niños aquienes -por cinco años- les he enseñado a amar y confiar en Dios y a creer en su Palabra.
Hace un tiemnpo yo le dije a Dios que: si bien amaba la casa que El nos había regalado, la dejaría únicamente si me llamara a servirle en otro lugar. Y eso quiero saber. A dónde me está llamando.
De antemano agradezco sus oraciones y súplicas por mi hijo y por mí. Dios les bendiga.
PD: también ayúdenme a orar porque Dios provea a mi hijo de un trabajo.
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jueves, 25 de febrero de 2010
miércoles, 13 de enero de 2010
¿Porqué hay Heridas del Alma Difíciles de Superar aún para un Cristiano?
Tengo 47 años (de ellos, los últimos 29 he sido cristiana), sin embargo en lo profundo de mi mente y mi corazón aún llevo las consecuencias de terribles heridas emocionales que me fueron hechas los primeros 24 años de mi vida.Y todavía afirma que eso es cumplir la ley de Cristo.
Sin contarles esta parte de mi vida, me hubiera sido imposible explicarles algunas de las cosas que el Señor me ha enseñando al permitirme atravezar este valle de sombra... Por ejemplo, que cuando aprendemos a llorar con los que lloran y a reir con los que ríen, estamos ganando la batalla contra nuestro egocentrismo. También que en el cristianismo no hay guerreros solitarios. Ese es otro de los motivos por los que diseñó a la iglesia para ser un cuerpo; tal como nos enseña 1Co 12:24-26 "pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desaveniencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan".
viernes, 18 de diciembre de 2009
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Crisis en la Iglesia: ¿Cómo Convertir una Situación Explosiva en la Semilla de la Unidad?

Si hicieramos una lista de las cosas que más teme una congregación, sin duda que uno de los primeros lugares lo ocuparía la división. Es por eso que tememos tanto a los conflictos, pues vemos tras de ellos el terrible fantasma de la división.
Nos asustan tanto, que podemos caer en cualquiera de estas posiciones:
1- Ignorarlo (nos negamos a reconocer que hay un problema).
2- Reconocemos que existe pero evitamos enfrentarlo (creyendo que se solucionará solo, sin que nosotros tengamos que hacer nada. O bien esperamos que otros lo hagan,pues no queremos complicarnos, ni perder nuestra comodidad).
3- Violencia (ya sea verbal o física; ya que hay intereses de por medio que -al chocar- provocan inestabilidad y emociones fuertes. Y así nos convertimos en parte activa del problema).
Las Iglesias se dividen, no a causa de la crisis en sí, sino por la respuesta a ella. No en vano, una de las definiciones que da el diccionario de la Real Academia de la Lengua para crisis dice: Cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente.
Fué por eso, que recientemente, la iglesia donde me congrego nos enseñó -como parte de un curso sobre liderazgo- cómo enfrentar las inevitables crisis; y convertirlas en un camino hacia el crecimiento y la unidad congregacional. Al final, hicimos una práctica que nos permitió ver cuánto habíamos entendido; pero sobre todo, experimentar cómo una congregación puede polarizarse o unificarse; dependiendo del manejo de la situación.
Para el ejercicio, éramos una iglesia interdenominacional independiente (que se había formado por personas que venían de diversas denominaciones (bautistas, presbiterianos, anglicanos; así como de diferentes denominaciones pentecostales). Por cinco años habíamos vivido en paz. Unidos por las cosas que -como creyentes- teníamos en común, sin permitir que los pocos puntos en que teníamos diferencias doctrinales nos alejaran.
Pero, una diferencia relativa a la compra de un terreno para el templo, sacó a flote una serie de desaveniencias que se venían arrastrando y habían llevado a la formación de dos grupos en conflicto. Las desaveniencias venían -desde las más intrascendentes como de qué color pintar el nuevo Templo, hasta llegar a temas más delicados que la nueva ubicación de la Iglesia; pues eran temas doctrinales: ¿Se permitiría el hablar en lenguas y ordenar mujeres?.
La primera negociación fué un fracaso, pues contrario a lo que nos habían enseñado de que una negociación en que las parte llegan con el deseo de ganar (imponer sus posiciones) ya fracasó; llegamos como dos contrincantes en el ring. Y constantemente hacíamos referencia a la frase: esto es lo que "nosotros" queremos, pues nuestra meta u objetivo era tener la razón en todo.
En la segunda negociación quisimos ser más espirituales y ambos grupos cedimos (sin ningún análisis serio del porqué) en todo aquello que considerábamos menos importante. Simplemente queríamos salir del problema cuanto antes; aunque en el fondo, no estubiéramos de acuerdo con las decisiones que -supuestamente- pondrían fin a las diferencias.
Pronto, el maestro nos recordó, que habíamos cometido otro error a evitar en una negociación: llegar con el deseo de no complicarse. Estábamos cediendo sin un análisis serio del porqué o para qué habíamos querido aquello inicialmente; ni habíamos desarrollado ninguna convicción de por qué el cambiar nuestra postura era la mejor decisión. Por lo tanto -tarde o temprano- el problema volvería a resurgir; pues nadie estaba realmente convencido de que los acuerdos tomados eran los más convenientes.
Y habían muchos errores más. Tantos, que el maestro nos pidió volver a comenzar las negociaciones desde cero. Pero esta vez teníamos una ventaja: las líderes de cada grupo en contienda analizamos con calma los errores que habíamos cometido. Y nos preguntamos con seriedad cuál era nuestra meta.
Lo primero que establecimos el siguiente domingo, fué cuál era nuestro objetivo: ¿imponer gustos y preferencias personales, o buscar lo mejor para la congregación y que glorificara a Dios?
Desde ese momento, se le quitó presión al conflicto. Porque ni el más carnal reconocería en público que su objetivo era imponer sus caprichos. Es más, dejamos de ser dos grupos separados por una contienda. Esto provocó que, las que antes habíamos sido las "líderes" de cada fracción, comenzamos a trabajar juntas. No porque nos lo hubiéramos propuesto anticipadamente, sino porque estábamos convencidas que ya no se trataba de tu grupo y el mío; sino de buscar las mejores alternativas y soluciones para todos.
Por eso, todos los presentes aprobamos que las decisiones se tomarían por consenso. Pues, aunque una votación por mayoría simple podría hacernos avanzar rápidamente en la toma de acuerdos, los que perdieran podrían irse resentidos de la iglesia. Y esta ya no era una opción para nosotros. Por el contrario, la búsqueda del consenso nos llevaría a dialogar con profundidad y seriedad sobre los porqué y para qué; las ventajas y desventajas.
Al hacerlo, comprobamos la importancia de que toda la congregación tenga toda la información posible. Entre más nos informábamos, podíamos evaluar mejor las consecuencias a corto, mediano y largo plazo. Incluso, nuevos datos nos hacían darnos cuenta que -por desconocimiento profundo del tema- habíamos estado apoyando cosas que no eran lo mejor para la congregación.
Incluso, en los temas doctrinales, tuvimos que hacer un análisis serio de los versículos en que cada grupo apoyaba su posición. Para ello, tuvimos que investigar qué enseñaban otras denominaciones sobre esos temas; pues, según el ejercicio, en la congregación que estábamos representando habían todas esas posturas. Aunque todos los presentes somos pentecostales, llegamos a las preguntas claves: ¿Haríamos lo mismo que la iglesia interdenominacional original, que se dividió a causa de los dones y actualmente es exclusivamente pentecostal? ¿O hayaríamos una forma de respetarnos mutuamente, sin obligarnos a aceptar cosas con las que doctrinalmente no estábamos de acuerdo? Se nos ocurrieron varias opciones que, de ser real la situación, podrían habernos permitido convivir en paz y unidad; anteponiendo sobre todo el amor (que según 1ª Co. 13:8 nunca deja de ser; mientras que los dones un día se acabarán). Aunque no lográramos ponernos de acuerdo qué significa cuando venga lo perfecto (que es cuando se acabarán las lenguas), el amor nos permitiría estar juntos en armonía y respeto mutuo.
Aunque las desiciones que tomamos fueron solo para una práctica, aprendimos a tomarlas con responsabilidad. Pero sobre todo, cumpliendo lo que Dios nos ordena a través de sus escrituras:
Flp 2:1-4: Por tanto, si sienten algún estímulo en su unión con Cristo, algún consuelo en su amor, algún compañerismo en el Espíritu, algún afecto entrañable, llénenme de alegría teniendo un mismo parecer, un mismo amor, unidos en alma y pensamiento. No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás.
Rom 12:16 Vivan en armonía los unos con los otros. No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes.* No se crean los únicos que saben.
1Co 10:24 Que nadie busque sus propios intereses sino los del prójimo.
(Versículos tomados de la Nueva Versión Internacional (NVI).
Como el maestro nos dijo, no existe una solución única para una crisis. La clave está en que todas las partes estén satisfechas con los acuerdos. Pero el verdadero objetivo es agradar a Dios mientras protejemos, amamos y ayudamos a consolidar al cuerpo de Cristo. Esto nos lleva a plantearnos una pregunta vital en cualquier crisis o conflicto que amenaze a la Iglesia: ¿Cómo debe comportarse una persona que tiene este objetivo en mente? De nuestra respuesta dependerá el que ayudemos a convertir una situación explosiva, en la semilla de la unidad.
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