lunes 22 de marzo de 2010

¡Señor, Hazme una Papa!


Cuando era jovencita, leí la siguiente historia: una pareja de misioneros acababan de perder a su bebé... Uno de los ancianos de la tribu en la que habían estado evangelizando, se acercó a la madre y le dijo: los problemas de la vida se parecen a una olla con agua hirviendo. Y ante ella, nosotros podemos ser como un huevo o como una papa. A más calor y tiempo, el huevo se endurece; pero la papa, se ablanda. Este dolor te puede endurecer contra Dios o te puede volver más sensible a El...

Desde ese día, la oración de esa misionera era: ¡Señor, hazme una papa!  

A lo largo de mi vida he podido comprobar cómo los humanos tomamos una u otra actitud: nos resentimos y peleamos con Dios o nos ablandamos para que El pueda moldear nuestras vidas.

Lo más interesante de la papa es que llega un momento en que está tan blanda que se deshace y puede unirse a otras papas para formar un puré. En él deja de existir el yo y el tú, para formar un solo nosotros. Diferentes papas terminan convirtiéndose en un solo cuerpo.

Y es que el dolor no solo puede permitirnos ser moldeables en las manos de Dios, también puede volvernos sensibles a las necesidades y problemas de otros.

Uno de mis pasajes favoritos es 2ª Corintios 1:3-4 (que la versión Dios Habla Hoy traduce así): 

"Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, pues él es el Padre que nos tiene compasión y el Dios que siempre nos consuela. Él nos consuela en todos nuestros sufrimientos, para que nosotros podamos consolar también a los que sufren, dándoles el mismo consuelo que él nos ha dado a nosotros".  

Cuando en una congregación, sus miembros se han convertido en un "puré de papas" en las manos del Señor, pueden vivir de acuerdo a 1ª Corintios 12:26 De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan".

Solo cuando -bajo el toque de las manos de Dios- nos hemos fundido unos con otros, podemos vernos como un solo cuerpo. Y entonces -con corazón sincero- podemos reir con los que ríen, llorar con los que lloran y ayudar a otros a llevar aquellas cargas que sobrepasan sus fuerzas.

Que tu oración y la mía sea: ¡Señor, hazme una papa; hasta que mi yo se desintegre y pueda fundirme en un mismo puré, junto a mis hermanos!

martes 16 de marzo de 2010

Paz en Medio de la Tormenta:


Hace 15 día mi esposo fué asesinado en una forma cruel y salvaje por hombres que le atacaron mientras se dirigía hacia su trabajo. No le robaron nada, pero usaron un machete o un corvo para causarle el mayor sufrimiento posible. Fué tanta la barbarie usada que solo unos endemoniados pudieron sentir placer en tanta maldad. 


Solo Dios nos ha dado paz a mi hijo y a mí en medio de esta tormenta... esa paz que sobrepasa todo entendimiento. Sí, hay tristeza, pero no es un dolor que destruye, ni que me haga decir como Noemí: Llámenme Mara, porque el *Todopoderoso ha colmado mi vida de amargura. "Me fui con las manos llenas,  pero el Señor me ha hecho volver sin nada.  ¿Por qué me llaman Noemí si me ha afligido el Señor,  si me ha hecho desdichada el Todopoderoso? (Rut 1:20-21. Nueva Versión Internacional).  (Mientras Noemí significa Placentera o Dulce; Mara significa Amarga).  Aún en medio de este valle de sombra y de muerte podemos ver la mano misericordiosa de Dios. No solo sosteniéndonos, sino también por la forma en que venía fortaleciendo nuestra fe desde hacía semanas. 


El pastor había comenzado una serie de prédicas sobre el libro de Ruth. Y nos había desafiado a examinar si en verdad creíamos que Dios tiene el control de todo lo que pasa. También a examinar si somos como Noemí (que regresó al pueblo escogido, pero debido a que en su corazón habían heridas que no había permitido que Dios sanara, la amargura le impedía volverse a Dios de corazón. Ella se volvió a una religión pero no a Dios. O somos como Orfa, que cuando se convenció que el volverse a Dios podía significar renunciar a su sueño de volver a casarse, prefirió regresar a su vida anterior. O somos como Ruth, dispuesta a seguir a Dios por amor y fidelidad, aunque eso signifique renunciar a lo que nos es conocido y familiar; y aún a renunciar a nuestros sueños. Noemí, buscaba pan; Orfa un nuevo esposo; Noemí, a Dios. Tres viudas y tres reacciones. 


Creemos que Dios tenía el control aún en los momentos en que -en su soberana voluntad- permitió que las cosas pasaran así, y en que aún de esto, El sacará cosas buenas (pues estamos totalmente convencidos de que, como dicen las escrituras: "Sabemos que Dios va preparando todo para el bien de los que le aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo con su plan" (Rom 8:28 Versión Lenguaje Sencillo). Esto nos llena de paz.



Sabemos que se llevó a mi esposo en un momento en que su fe y entrega era plena... El domingo anterior a su muerte, luego de la cena, se levantó y mientras en su cara reflejaba maravilla y felicidad, nos dijo a nuestro hijo y a mí: ¡yo no le tengo miedo  la muerte... tengo la plena certeza de con quien me voy: con Cristo... No le tengo miedo a morir!


Y esa certeza de que -aunque ausente en su cuerpo- Jorge está presente ante Jesús, no solo nos da paz, sino también nos alegramos por él. Cuando pensamos dónde está, con quién está y cómo está, no podemos dejar de pensar que está mucho mejor allá. Y sabemos que la separación solo es momentánea, que -como dice un viejo canto- "no es más que un hasta luego, no es más que un breve adiós, muy pronto allá en el cielo, nos reunirá el Señor". Ese es el mayor de los consuelos para nosotros.


Como dijo nuestro pastor durante su prédica en el velorio: "no estamos preparados para vivir, mientras no estamos preparados para morir".


Casi todos mis familiares, amigos y conocidos (aún los cristianos), están aterrorizados de que a Guillermo (mi hijo) y a mí, nos puedan hacer lo mismo los cómplices de los asesinos (a quienes por cierto, aún no los han capturado). No entienden cuando les digo que porqué voy a tenerlo: sé con quien y a donde voy, y también sé que Dios sigue teniendo el control de lo que pasa y que no pueden hacer nada que Dios no permita. Y todo lo que Dios hace tiene un para qué.


Me imagino la plática que satanás debe de haber tenido con Dios: "y cómo no te van a amar, si les has dado una familia feliz... cómo no te van a amar si los has protegido de tantos enemigos, peligros y amenazas a muerte; pero quítales eso y verás cómo reniegan de tí". Si Dios le permitió tocarnos así, es porque -como Job- nuestra fe se fortalezaría al depender de lo que El es y no por lo que recibamos o dejemos de recibir. Sé que Dios cuidó del alma de mi esposo y que cuida de la mía y de mi hijo.


Le pido a Dios que mi perdón para los asesinos y sus cómplices sea total y verdadero. Ayúdenme a orar no por venganza, sino por el arrepentimiento y la conversión de ellos. Sabemos que si ellos lo hacen y creen en Jesús como su Señor y Salvador, se convertirán en nuestros hermanos y sus pecados serán perdonados; pero pidámosle también que si no lo harán, los detenga; para que ya no sigan causando sufrimento a otros; pues nadie se merece esos actos de maldad de los que son capaces.


Ayúdenme también a orar para que pueda entender cuál es la voluntad de Dios para mi vida: si El me quiere llevar a un nuevo lugar para que le sirva allí (pues por el momento, hemos salido de nuestro hogar pues cabe la posibilidad que los asesinos sean personas de nuestro vecindario) o si El quiere que regrese a servirle allá. Donde los demás verán mi testimonio; especialmente mis vecinitos (los niños aquienes -por cinco años- les he enseñado a amar y confiar en Dios y a creer en su Palabra.


Hace un tiemnpo yo le dije a Dios que: si bien amaba la casa que El nos había regalado, la dejaría únicamente si me llamara a servirle en otro lugar. Y eso quiero saber. A dónde me está llamando.


De antemano agradezco sus oraciones y súplicas por mi hijo y por mí. Dios les bendiga.


PD: también ayúdenme a orar porque Dios provea a mi hijo de un trabajo.


jueves 25 de febrero de 2010

El Mejor de los Anhelos

He aquí yo Estoy con Vosotros Todos los Días (Mateo 28:20)


miércoles 13 de enero de 2010

¿Porqué hay Heridas del Alma Difíciles de Superar aún para un Cristiano?

Tengo 47 años (de ellos, los últimos 29 he sido cristiana), sin embargo en lo profundo de mi mente y mi corazón aún llevo las consecuencias de terribles heridas emocionales que me fueron hechas los primeros 24 años de mi vida.

Si bien he comprobado en carne propia cómo Dios convirtió muchas de esas experiencias dolorosas para mí en una capacidad inmensa para comprender y buscar soluciones al sufrimiento de otros; cumpliendo así lo que nos enseña 2ª Co. 1:4 "Él nos consuela en todos nuestros sufrimientos, para que nosotros podamos consolar también a los que sufren, dándoles el mismo consuelo que él nos ha dado a nosotros" (Versión Dios Habla Hoy).

Sin embargo, a pesar de todos los buenos que frutos que Dios hizo crecer de aquellas semillas germinadas entre el dolor, aún persisten algunas secuelas con las que el miedo me ata; impidiéndome gozar de la vida plena que Cristo quiere darnos a cada uno de nosotros.

En mi caso, crecí en una familia con un nivel de violencia doméstica espantosa. Los golpes físicos eran frecuentes (pero al fin y al cabo, el cuerpo aprende a sentir menos el dolor); pero los golpes emocionales eran constantes y cada vez más crueles. Durante 24 años destruyeron mi autoestima, y me aseguraron una y otra vez que yo había nacido para el fracaso: que por más que me esforzara, por más talentos, habilidades e inteligencia que tenía lo único que podría conocer era el fracaso; pues había nacido para ello.

Ni en el colegio pude llevar una vida mejor... Habían tres cosas que me dificultaban socializar con mis compañeras de estudio: la extremada timidez emocional (fruto de tanto sufrimiento en casa), un nivel de inteligencia mucho mayor del promedio (era la nerd rechazada por saber más que las demás; pero yo tampoco las entendía porque -debido a  que mi edad mental era más avanzada que mi edad cronológica- tenía intereses distintos a las niñas de mi edad); todo eso me hacía la chica extraña que tenía miedo a las personas y que se ocultaba en los rincones solitarios (claro, con un libro científico en las manos). 

Así llegué a desarrollar miedos tan opuestos entre sí que, en lugar de anularse mutuamente, me anulan a mí: miedo al fracaso y miedo al éxito (ya había descubierto que la gente se burla de los perdedores, pero también teme y rechaza a los que son más capaces)... Miedo a la soledad, pero también miedo a las personas (mientras mi temperamento sanguíneo y apasionado, me hace anhelar y disfrutar la compañía de otros; temo la cercanía y por eso me alejo y encierro en mí misma)... Miedo a disfrutar a plenitud de la vida, por miedo a que me quiten lo que me hace feliz (pues otra tortura usual de mi familia era hacer que me entusiasmara sobre algo y cuando ya comenzaba a ser feliz con ello, me lo quitaban). Así aprendí a temer la felicidad tanto como al dolor; a la crítica como a la lástima. Me sentía tan poco que -más de la mitad de mi vida- busqué no quien me amara, pues no estaba acostumbrada a recibir amor de otros. Lo único que yo quería era que alguien se dejara amar por mí; para poder dar ese amor que tenía encerrado en mi corazón; pues ni siquiera eso me habían permitido mis torturadores. Me impedían contacto con otras personas a las que pudiera  amar o me dieran amor. Así nunca nadie se daría cuenta del infierno que vivíamos. Aún hoy, cuando alguien me acepta, me pongo nerviosa. Busco amistad en otros, pero a la vez temo y me encierro en mí misma; pues al no estar acostumbrada a recibir manifestaciones de cariño y amor, no sé qué hacer cuando las recibo. Tengo igual terror de recordar, como de olvidar... Me da tristeza cuando veo cómo mi mente -en un intento de protegerme del exceso de dolor-ha puesto un velo sobre la mayor parte de mis recuerdos de niñez y adolescencia (en mis recuerdos hay grandes lapsos literalmente en blanco; ni siquiera tengo idea de qué pasó en ellos. Me han dicho que es un mecanismo mental de protección contra el dolor). Por eso, el año pasado pedí a Dios que me ayudara a recordar las cosas buenas que seguramente habían pasado, y que habían quedado enterradas entre tanta angustia. Así comenzaron a surgir recuerdos de momentos felices; pero junto a ellos venía el recuerdo de los castigos con los que nos habían hecho pagar esas pequeñas alegrías.  Por fin, yo misma pedí a Dios que ya no me dejara recordar... prefiero olvidar, si es el precio de mi tranquilidad.

A lo largo de estos 29 años busqué orientación en pastores y líderes. Pero -aunque puse en práctica todo lo que ellos me aconsejaron: oración, ayuno, ir a una sesión de consejería pastoral, renunciar a maldiciones generacionales, leer libros sobre sanidad interior, asistir a seminarios y cursos- me sentía bien solo un breve período de tiempo. Y es lógico, pues cuando desahogamos nuestras penas, nos sentimos aliviados por un breve período de tiempo. Pero -cuando nuestros conflictos internos no se han solucionado, sino solo aplazado- tarde o temprano volvemos a enfrentar otra situación ante la cual, somos vulnerables.

Al final, ya no sabía que era peor: si desahogarme y confesar mi área débil: esos miedos que hacen de mi vida una verdadera pesadilla; o no decirle nada a nadie. Pero en ambos casos seguía siempre atada a ellos. Si hacía lo primero, me criticaban y condenaban por falta de fe (si tuviera una confianza real en Dios, no le costaría nada dejar atrás esas cosas... usted se ata al pasado porque quiere, etc.); pero la condena favorita ha sido: es que usted no ha perdonado a sus padres (lo cual si he hecho: nos llevamos bien y somos amigos; a la vez que entiendo que ellos también fueron víctimas de un ciclo de violencia; que gracias a Dios, al casarme y ser mamá, yo no lo repetí con mi hijo). Dios rompió el círculo de violencia y -en muchas maneras- a través de esas experiencias Él me hizo una mejor persona.  

Pero entonces, ¿porque sigo atrapada por esos miedos que -aunque no me impulsan a dañar a otros- si me dañan a mi misma? 

Pasé todo diciembre queriendo escribir sobre este tema, pero aún no entendía cuál era la enseñanza que Dios me estaba queriendo mostrar. Hasta que, a mediados de enero, me dio la respuesta mientras estudiaba Gálatas 6:2 "Sobrellevad los unos las carga de los otros. Y cumplid así la ley de Cristo".

La palabra griega traducida sobrellevar, significa: cargar, llevar, sobrellevar, sustentar, tomar y traer. Por su parte, la palabra griega traducida cargas significa también peso. Y Según el Comentario Jamieson-Fausset-Brown, "los pesos sobrepasan las fuerzas de los que los llevan; mientras que la carga es proporcional con la fuerza del que lo carga". Por cierto, según el Diccionario Strong en Español, la palabra traducida carga en el Gal 6:5 "Porque cada uno llevará su propia carga, es otra; que significa carga, pero en el sentido de tarea o servicio. Y por eso -este último está en el contexto del 6:4 de que cada uno ponga a prueba su propia obra.  

En el momento en que comprendí que lo que me dificultaba poder superar los traumas de mi pasado era el hacerlo sola,  sentí que el Espíritu Santo me quitaba otro gran peso: el peso de sentirme culpable. Realmente mi miedo es un peso que sobrepasa mis fuerzas. Pues no invade solo ciertas áreas de mi vida, sino prácticamente todas. Además, en las variadas las soluciones que me han dado en el transcurso de los años, la presencia de otros hermanos ha sido fugaz y pasajera.  Sé que sinceramente creían que bastaba con una oración y unos cuantos consejos, para que yo fuera capaz de batallar sola  y superar todo de golpe...  Pero este no es el modelo que Dios diseñó.   Hay dos pequeñas historias reales que nos dan una pista sobre lo que Dios espera que hagamos: en la primera, una niña se despertó varias veces durante la noche, aterrorizada por la misma pesadilla. Una y otra vez, la madre acudió a ella e intentó calmarla. Cada vez le leía versículos de la Biblia y oraba con ella; pero el miedo de la pequeña persistía... Hasta que finalmente la madre molesta porque la pequeña no quería estar sola, le dijo: ¡Oye, Jesús está contigo!  La niña respondió: "Sé que Cristo está conmigo, pero también necesito a alguien con piel".  La segunda historia, complementa la idea que nos quiere dar Gal. 6:2. Una niña oraba en voz alta junto a su camita, repitiendo una y otra vez: Jesús, por favor, me gustaría sentir tu mano tocándome. De pronto, sintió una mano que, con gentileza se posaba en su cabecita. Al principio, su corazón saltó de gozo, segura que era la mano de Jesús. Pero de pronto, una pequeña sospecha llegó a su corazón y -rápidamente- abrió los ojos; para encontrar a su hermana, de pie junto a ella, aún con la mano sobre su cabeza. Con lágrimas en los ojos, le reclamó: "¿Porqué quisiste engañarme? Yo quería sentir la mano de Jesús". "Lo sé -respondió la otra niña- El me dijo que te tocara por El".

Sé que Dios podría resolver de una vez todos nuestros conflictos y necesidades, pero eso nos convertiría en seres autosuficientes, que nunca necesitarían nada de otros. Y es llamativo que es -precisamente- en los pesos que van más allá de nuestras fuerzas- en que nos manda ayudarnos unos a otros.

Y todavía afirma que eso es cumplir la ley de Cristo. 

Una de mis abuelas tenía un dicho: "obras son amores y no buenas razones". Entre más envejezco, más lo comprendo. He dado estudios bíblicos por muchísimos años, por lo que sé que es fácil convertirnos en teóricos del evangelio (oidores olvidadizos que son solo címbalos que retiñen). Pero Cristo quiere que vivamos el amor, no solo que prediquemos sobre este. Vivir el amor no solo es darlo, también es recibirlo. 

En una clase sobre liderazgo cristiano, el profesor les recordó a sus alumnos que las reuniones ministeriales eran para cumplir las actividades que se había propuesto el ministerio, no para que los miembros desahogaran sus problemas; pues las reuniones ministeriales no eran grupos de ayuda emocional. ¿Te imaginas a Jesús diciendole a  un enfermo o necesitado de consuelo?... "Ahora estamos en una reunión ministerial, no es momento para que te pongas a llorar porque ya no puedes con ese dolor. Yo no dirijo grupos de sanidad ni de ayuda emocional... Ahorita estamos planeando  la lista de eventos que darán un año de victoria a nuestro ministerio... Ah, y te recuerdo que no vayas  a pedir consejería conmigo; pues no puedo perder tiempo contigo, cuando aún hay tantos otros  que no conocen el mensaje de salvación"... (Cristo nunca actuó así... Él nos muestra lo que es llorar con los que lloran y reir con los que ríen).

Y en el otro extremo de la moneda de la violencia intrafamiliar está la negligencia. Hay padres que si bien no golpean, tampoco cumplen sus deberes de amar, proteger y cubrir las necesidades físicas y emocionales de sus hijos. Viven su propia vida, dejando a sus hijos abandonados, vulnerables y desprotegidos. Para la ley, ambos extremos son delito.

Este es el pecado de muchas iglesias: no maltratan, pero tampoco cumplen sus deberes con los otros miembros de la familia.  ¡Cuánta verdad hay en aquel dicho cristiano: la gente entra por la estrecha puerta de la salvación y sale por la ancha puerta trasera de la indiferencia! La iglesia nunca debería ser el lugar donde la gente se sienta más sola y vulnerable; ni donde reciba humillaciones, golpes emocionales y abusos espirituales que la lastimen aún más. 

Criticamos a los humanistas por su ateismo, pero ellos practican mucho mejor, que nosotros, la misericordia. En su pensamiento y conducta predominan los valores humanos y defienden el valor y dignidad de cada ser humano. Mientras nosotros -nos negamos a ser los instrumentos del verdadero  Dios, entre cuyos atributos están el amor y la misericordia

Sin contarles esta parte de mi vida, me hubiera sido imposible explicarles algunas de las cosas que  el Señor me ha enseñando al permitirme atravezar este valle de sombra... Por ejemplo, que cuando aprendemos a llorar con los que lloran y a reir con los que ríen, estamos ganando la batalla contra nuestro egocentrismo. También que en el cristianismo no hay guerreros solitarios. Ese es otro de los motivos por los que diseñó a la iglesia para ser un cuerpo; tal como nos enseña 1Co 12:24-26  "pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desaveniencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan". 

Pero también fruto de esa identificación con el dolor de otros, Dios hizo nacer  un pequeño ministerio que tengo -desde hace 5 años- con niños, en mi vecindario. Son niños en riesgo, necesitados de tanto amor, comprensión y orientación. Dios usa mi pasado, para ayudarme a ser Su instrumento para devolverles la esperanza y el gozo que tanto necesitan. Lo que otros torcieron en mi vida, Dios lo convierte en líneas rectas, que me permiten llevar bendición a las vidas de otros.

Gracias a Dios porque hay cargas (dolores, penas, problemas) que podemos enfrentar y llevar nosotros mismos. Pero gracias también a Él por todos aquellos pesos que nos permiten apoyarnos, respaldarnos, protejernos unos a otros. Esta interacción mutua es la que nos convierte en una familia. Por eso Dios no deja a sus hijos regados, desconectados unos de otros. Su propósito es unirnos -no solo físicamente para adorarle y servirle- también quiere que existan entre nosotros lazos de afecto y unidad; y que nos sintamos responsables unos de otros.

viernes 18 de diciembre de 2009

miércoles 2 de diciembre de 2009

Crisis en la Iglesia: ¿Cómo Convertir una Situación Explosiva en la Semilla de la Unidad?




Si hicieramos una lista de las cosas que más teme una congregación, sin duda que uno de los primeros lugares lo ocuparía la división. Es por eso que tememos tanto a los conflictos, pues vemos tras de ellos el terrible fantasma de la división.

Nos asustan tanto, que podemos caer en cualquiera de estas posiciones:

1- Ignorarlo (nos negamos a reconocer que hay un problema).
2- Reconocemos que existe pero evitamos enfrentarlo (creyendo que se solucionará solo, sin que nosotros tengamos que hacer nada. O bien esperamos que otros lo hagan,pues no queremos complicarnos, ni perder nuestra comodidad).
3- Violencia (ya sea verbal o física; ya que hay intereses de por medio que -al chocar- provocan inestabilidad y emociones fuertes. Y así nos convertimos en parte activa del problema).

Las Iglesias se dividen, no a causa de la crisis en sí, sino por la respuesta a ella. No en vano, una de las definiciones que da el diccionario de la Real Academia de la Lengua para crisis dice: Cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente.

Fué por eso, que recientemente, la iglesia donde me congrego nos enseñó -como parte de un curso sobre liderazgo- cómo enfrentar las inevitables crisis; y convertirlas en un camino hacia el crecimiento y la unidad congregacional. Al final, hicimos una práctica que nos permitió ver cuánto habíamos entendido; pero sobre todo, experimentar cómo una congregación puede polarizarse o unificarse; dependiendo del manejo de la situación.

Para el ejercicio, éramos una iglesia interdenominacional independiente (que se había formado por personas que venían de diversas denominaciones (bautistas, presbiterianos, anglicanos; así como de diferentes denominaciones pentecostales). Por cinco años habíamos vivido en paz. Unidos por las cosas que -como creyentes- teníamos en común, sin permitir que los pocos puntos en que teníamos diferencias doctrinales nos alejaran.

Pero, una diferencia relativa a la compra de un terreno para el templo, sacó a flote una serie de desaveniencias que se venían arrastrando y habían llevado a la formación de dos grupos en conflicto. Las desaveniencias venían -desde las más intrascendentes como de qué color pintar el nuevo Templo, hasta llegar a temas más delicados que la nueva ubicación de la Iglesia; pues eran temas doctrinales: ¿Se permitiría el hablar en lenguas y ordenar mujeres?.

La primera negociación fué un fracaso, pues contrario a lo que nos habían enseñado de que una negociación en que las parte llegan con el deseo de ganar (imponer sus posiciones) ya fracasó; llegamos como dos contrincantes en el ring. Y constantemente hacíamos referencia a la frase: esto es lo que "nosotros" queremos, pues nuestra meta u objetivo era tener la razón en todo.

En la segunda negociación quisimos ser más espirituales y ambos grupos cedimos (sin ningún análisis serio del porqué) en todo aquello que considerábamos menos importante. Simplemente queríamos salir del problema cuanto antes; aunque en el fondo, no estubiéramos de acuerdo con las decisiones que -supuestamente- pondrían fin a las diferencias.

Pronto, el maestro nos recordó, que habíamos cometido otro error a evitar en una negociación: llegar con el deseo de no complicarse. Estábamos cediendo sin un análisis serio del porqué o para qué habíamos querido aquello inicialmente; ni habíamos desarrollado ninguna convicción de por qué el cambiar nuestra postura era la mejor decisión. Por lo tanto -tarde o temprano- el problema volvería a resurgir; pues nadie estaba realmente convencido de que los acuerdos tomados eran los más convenientes.

Y habían muchos errores más. Tantos, que el maestro nos pidió volver a comenzar las negociaciones desde cero. Pero esta vez teníamos una ventaja: las líderes de cada grupo en contienda analizamos con calma los errores que habíamos cometido. Y nos preguntamos con seriedad cuál era nuestra meta.

Lo primero que establecimos el siguiente domingo, fué cuál era nuestro objetivo: ¿imponer gustos y preferencias personales, o buscar lo mejor para la congregación y que glorificara a Dios?

Desde ese momento, se le quitó presión al conflicto. Porque ni el más carnal reconocería en público que su objetivo era imponer sus caprichos. Es más, dejamos de ser dos grupos separados por una contienda. Esto provocó que, las que antes habíamos sido las "líderes" de cada fracción, comenzamos a trabajar juntas. No porque nos lo hubiéramos propuesto anticipadamente, sino porque estábamos convencidas que ya no se trataba de tu grupo y el mío; sino de buscar las mejores alternativas y soluciones para todos.

Por eso, todos los presentes aprobamos que las decisiones se tomarían por consenso. Pues, aunque una votación por mayoría simple podría hacernos avanzar rápidamente en la toma de acuerdos, los que perdieran podrían irse resentidos de la iglesia. Y esta ya no era una opción para nosotros. Por el contrario, la búsqueda del consenso nos llevaría a dialogar con profundidad y seriedad sobre los porqué y para qué; las ventajas y desventajas.

Al hacerlo, comprobamos la importancia de que toda la congregación tenga toda la información posible. Entre más nos informábamos, podíamos evaluar mejor las consecuencias a corto, mediano y largo plazo. Incluso, nuevos datos nos hacían darnos cuenta que -por desconocimiento profundo del tema- habíamos estado apoyando cosas que no eran lo mejor para la congregación.

Incluso, en los temas doctrinales, tuvimos que hacer un análisis serio de los versículos en que cada grupo apoyaba su posición. Para ello, tuvimos que investigar qué enseñaban otras denominaciones sobre esos temas; pues, según el ejercicio, en la congregación que estábamos representando habían todas esas posturas. Aunque todos los presentes somos pentecostales, llegamos a las preguntas claves: ¿Haríamos lo mismo que la iglesia interdenominacional original, que se dividió a causa de los dones y actualmente es exclusivamente pentecostal? ¿O hayaríamos una forma de respetarnos mutuamente, sin obligarnos a aceptar cosas con las que doctrinalmente no estábamos de acuerdo? Se nos ocurrieron varias opciones que, de ser real la situación, podrían habernos permitido convivir en paz y unidad; anteponiendo sobre todo el amor (que según 1ª Co. 13:8 nunca deja de ser; mientras que los dones un día se acabarán). Aunque no lográramos ponernos de acuerdo qué significa cuando venga lo perfecto (que es cuando se acabarán las lenguas), el amor nos permitiría estar juntos en armonía y respeto mutuo.

Aunque las desiciones que tomamos fueron solo para una práctica, aprendimos a tomarlas con responsabilidad. Pero sobre todo, cumpliendo lo que Dios nos ordena a través de sus escrituras:

Flp 2:1-4: Por tanto, si sienten algún estímulo en su unión con Cristo, algún consuelo en su amor, algún compañerismo en el Espíritu, algún afecto entrañable, llénenme de alegría teniendo un mismo parecer, un mismo amor, unidos en alma y pensamiento. No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás.

Rom 12:16 Vivan en armonía los unos con los otros. No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes.* No se crean los únicos que saben.

1Co 10:24 Que nadie busque sus propios intereses sino los del prójimo.

(Versículos tomados de la Nueva Versión Internacional (NVI).

Como el maestro nos dijo, no existe una solución única para una crisis. La clave está en que todas las partes estén satisfechas con los acuerdos. Pero el verdadero objetivo es agradar a Dios mientras protejemos, amamos y ayudamos a consolidar al cuerpo de Cristo. Esto nos lleva a plantearnos una pregunta vital en cualquier crisis o conflicto que amenaze a la Iglesia: ¿Cómo debe comportarse una persona que tiene este objetivo en mente? De nuestra respuesta dependerá el que ayudemos a convertir una situación explosiva, en la semilla de la unidad.

jueves 19 de noviembre de 2009

Ríos de Agua Viva


Yo Soy la Luz del Mundo

jueves 12 de noviembre de 2009